CRÓNICAS BREVES

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DOUGLAS A. PALMA

 

 

 

 

 

CRONICAS BREVES

 

 

 

 

 

BREVE  MUELA

 

Aquí impera lo breve. Tanto por el tamaño de cada escrito como por la cortedad que imponen los intereses. He llamado crónicas estas desatentadas incursiones: el tiempo las limita, el tiempo las mata, como decía aquel adagio latino que se ponía encima de los relojes de sol: Omnes vulnerant, ultima necat (Todas vulneran, la última mata).

 

¿Recuerdan los lectores de Voltaire ese personaje veneciano de Cándido llamado Pococurante? Si nadie ha leído ese breve cuento filosófico (hoy es más leída Eva Golinger que cualquier escrito inteligente) les allego algunas frases del personaje: “A los tontos todo les maravilla en un autor apreciado; pero yo, que leo para mí solo, no apruebo más que lo que me da gusto”; luego de haber oído un concierto: “La música hoy no es sino el arte de ejecutar cosas difíciles, y lo que no es más que difícil a la larga deja de gustar”; sobre la Ilíada decía esto Pococurante: “…en otro tiempo me habían hecho creer que tendría placer al leerla, pero esa repetición continua de combates que se parecen todos, esos dioses que actúan para nada decisivo hacer, esa Helena que es el objeto de la guerra y que apenas es una actriz de la obra, esa Troya que se asedia y no se toma nunca, todo eso me causa el más mortal de los fastidios. Le he preguntado a gentes muy sabias si les fastidiaba como a mi esta lectura y todos aquellos que eran sinceros me han dicho que el libro se les caía de las manos”.

 

Yo quisiera aprender un poco de Pococurante: en realidad creo que debo aprender de mis presuntos lectores: por ello acorto mis palabras y dejo que la acidia trabaje fuerte.

 

ALGUNAS PALABRAS PARA EL CHINO

 

Hubo un poeta que en el siglo XIX escribió un libro en varios idiomas para poder escribirlo en español. Hubo otro poeta que fastidiado de la metódica vida venezolana se fue a buscar aventuras en la Legión Extranjera. Escribió poemas al Avila y al general de hombres libres, Augusto César Sandino. Hubo un poeta que decidió escribir sobre la culinaria popular venezolana como una forma inconsciente de retratar el hambre gomecista. Hubo un poeta que soñó en la cárcel el siglo XXI. Hubo otro que se dedicó a escribir sonetos sobre la sífilis, aunque era funcionario gomecista. Hubo un poeta que aprendió inglés para hacer una antología de cuentistas bolivianos y que la democracia puntofijista persiguió y luego puso en la televisión. Puntofijismo: ¿es una metáfora de la historia venezolana? Puntofijismo: ¿seguimos en un mismo punto fijo de nuestra historia? Todavía hay muchos puntos fijos que debemos marear, con aguja de marear.

 

Hubo también un poeta chileno que escribió un pequeño poema sobre Rómulo Betancourt que si mal no recuerdo decía en uno de sus versos: “Betancourt es cuadrado por fuera como un queso…”. Hubo incluso un poeta que le preguntó a ese nefasto personaje: “¿Duerme usted señor presidente?” y casi al final de sus días afirmó: “A mi no me importa perderlo todo por continuar siendo un animal ético y como animal ético no respeto ni al presidente ni a sus ministros ni a los partidos políticos ni a las instituciones que no interpretan a nuestro país. Si fuera necesario que ese animal saliera a la calle, ese animal saldrá y tendrá ese nombre: animal ético. Y no como burla de mí mismo me podría preguntar en un próximo escrito: ¿Duerme usted, señor animal ético?”.

 

Pero hubo un poeta que escribió sobre los Nombres propios de toda la historia de Venezuela. Ese poeta nos ofreció la llave que abría de par en par una singular y cruel época de nuestra historia. Si se desea consultar una guía ética y política de la Venezuela de los años de la democracia puntofijista se recomienda la lectura de esos papeles. Ese poeta fue Víctor Valera Mora, el chino, porque parecía haber nacido en el país de Lao Tse y Mao Tse Tung.

 

Allí en ese poema el Chino Valera Mora vio a Angel Eduardo Acevedo “golpeando el rostro de los académicos, a Luis Camilo Guevara “moreno y riguroso”, a Rafael Cadenas “que recibe una afrenta cada vez”, vio que Mario Abreu “no es un animal caído de otro planeta” o a Rita Valdivia “recomenzando los colores ofreciendo a su país una salida hacia el mar”, que Mariano Picón Salas “ni hizo ni pío porque cuando nació ya estaba muerto”, que a Rafael Caldera “la providencia le puso en el sitio del corazón un rollo de alambre de púa” y Rómulo Gallegos “es un mondongo melancólico que sonríe” o Rafael Pineda como “sacerdotisa flatulenta” y Simón Alberto Consalvi como “una marmota agropecuaria” o al Cardenal Quintero como alguien que “tiene el cigüeñal roto”.

 

Pero el Chino creía ya en aquellos años que “Zamora cabalga señores / ya los dientes del pueblo / están royendo los muros de vuestro reino / y no es el desarropado ni el sordo ni el ciego de ayer / ahora tiene bandera poetas y metal organizado”. ¿Estaría hoy el Chino tan lleno de ingenuo afán, viendo cómo los mejores se están yendo y son los peores los que están más llenos de cínico optimismo? ¿Cómo se sentiría su alma al constatar que las mismas retóricas de ayer son hoy sólo un pañolón podrido que ni sirve para cubrir la esquelética miseria de tantos huesos regados en esta tierra? Los huesos de Argimiro, del loco Fabricio Aristeguieta, del pintor Pedro José Rojas. ¿Cómo su ojo de águila viendo a la orilla de una carretera como los negociantes de la esperanza pasan veloces en sus lujosos carros?

 

No ha muerto simbólicamente el Chino porque no ha muerto todavía la esperanza. Pero una esperanza con la cabeza pensante, pensadora, bien puesta sobre unos hombros de niños, de jóvenes, de mujeres, de ancianas, de un pueblo que todavía rechina los dientes porque no sabe si se burlan de él o se conoce la vastedad de su rabia. Esa rabia que Valera Mora expresó con estos versos: “Zamora cabalga en el incendio / y somos lo que sucede la posibilidad del porvenir”.

 

EL MUNDO DE NAIPAUL

 

En Mi vía en el mundo Vidhiadar Naipaul recuerda la historia de un hombre llamado Leonardo Side: vestía muertos, hacía arreglos florales, decoraba pasteles, era musulmán pero encima de su cama había una imagen de Cristo. De esta mezcla de cosas ha siempre huido Naipaul. En 1950, a los 18 años, parte de Trinidad y comienza estudiar en Oxford. En Mi vía… Naipaul se sirve de varios personajes (Ralegh, Lebrun, Blair, Foster Morris, Francisco de Miranda) como de espejos en donde mirarse estas nuevas sociedades. En una de sus primeras novelas, Una casa para el señor Biswas, hace el retrato de su padre, un bramín de Uttar Pradesh embarcado hacia Trinidad como ‘indentured servant’ (‘esclavo contratado’).

 

Naipaul ha sido un agudo denostador de la herencia colonial del tercer mundo. Un crítico ha comparado su posición a la del Marlow que en El corazón de las tinieblas de Conrad dice, mirando las costas inglesas: “Y este también ha sido uno de los oscuros lugares de la tierra”. En un ensayo titulado Las tinieblas de Conrad Naipaul confiesa cómo cuando su padre le leyó el único cuento de Conrad que puede ser leído a niños, La laguna, intuyó que la disposición de las palabras es una disposición de percepciones.

 

La vida de Naipaul como escritor no fue facil: vive en una Inglaterra donde el racismo prohibía ciertos lugares, gana poco en la BBC y posee, además, una visión del mundo poco acomodaticia (vertida en The Mimic Men, 1967). El poeta hindú musulmán Nissim Ezekiel, en una ácida reseña de Area de tinieblas, sobre la experiencia de Naipaul en la India, habla de su ‘inamistoso y escéptico amor’ a la tierra de sus ancestros. En Fieles a ultranza Naipaul horada las causas del fundamentalismo islámico. Al igual de Walcott, sabe perdido el Paraíso y no se traiciona enredándose en el ‘tercermundismo’, en una busca de culpables por lo que no hemos sabido hacer de nuestra historia: en dictaduras, corrupción y charlatanería se convierten muchos sueños revolucionarios.

 

Me resulta casi natural pensar que el ambiente (olores de especias y aromas de frutas y de mar) donde nacieron Naipaul y Derek Walcott es muy similar. Ambos usan el inglés, ese ‘despojo de la historia’, con finura y se aposentan como señores de sí en la tradición anglosajona. Quizás la arquitectura de Castries o Chaguanas sea parecida a la de El Callao de mi infancia, pueblo donde junto al español coexiste un patois y el vivir estaba aromado de influencias del Caribe anglófono. Y eso vale.      

 

 

ACADEMIA FALLIDA

 

No poseo nada, literalmente y en todos los sentidos, que me una al presente y al país que habito. Pero concierne a mi corazón y mis cinco campesinos sentidos el destino que pueda infligirle la Historia a este pedazo de tierra. No tengo ningún comercio con el poder ni la literatura. Envejezco y sólo me queda un poquito de tiempo para intentar ser lo que soy. Dejo a otros más audaces y llenos de ‘apasionada intensidad’  el embeleco de conmover el mundo, inventarse novedades trilladas, escribir poemas babiecas, llenar cuartillas con nimiedades. Cierto, mientras me quede un átomo de vida me burlaré de la imbecilidad, del nuevo cretinismo. Mucho más cierto aún, mientras conserve en mi alma y en mi mente la certeza de que belleza y verdad son equivalentes, seguiré en la búsqueda de ese absoluto, aunque como el Claes de Balzac empeñe mi única olla de asar carnes.

 

Nadie me pondrá a saltar la cuerda ni me ordenará lo que debo. Sólo confiaré en los rumores de la noche, en los aromas de una brisa y bendeciré cada día que pueda volver a ver la luz del sol. Desearía, eso si, conversar con las amadas sombras de los idos, con quienes de verdad crearon problemas en el mundo.

 

Este ánimo ‘delassé’ me hace ver el derrumbe de la Academia universitaria como algo merecido. La Universidad vibra con el país: allí también a dedo se imponen profesores (los de la peor calaña), se amañan concursos, se roba y se trafica, se impone la medianía, como en el país. ¿No se merecía la incuria académica que una manada de analfabetas, dirigidos por otra piara de ineptos, la abofeteara y la sobresaltara?  A esa universidad que se merece todos los insultos de Giordano Bruno, debía sucederle algo tan triste como le sucede al país. Ambos se merecen. Desde hace mucho tiempo saber y universidad no compaginan. Sé por qué lo digo. Deambulamos en tinieblas con los bolsillos llenos de moscas, como sintió el florentino Guicciardini.

 

Cuando la universidad sea como el bastón que Sócrates interpuso a Jenofonte, cuando cese la impostura y prevalezca el amor por la belleza y la verdad, entonces Universidad serás vencedora de sombras. Mientras tanto estarás en manos de leguleyos, barbilindos, timadores: y en ese estado espíritus peores vendrán y barrerán tu casa. Y quedarás más enferma que antes. Si eso es posible. No vale el pasado si es un guiñapo arrinconado.

 

21-05-01

 

CULTURA

 

Entre el queso de cabra, los olivares y el mar surgieron Medea, Hécuba, Hipólito, Orestes, los diálogos platónicos, ideas sobre la república, la democracia, la geometría. Cierto, hubo gobernantes que no se avergonzaban de aprender de quienes sabían y los respetaban. El poeta Catulo afirmaba no importarle saber si el César era blanco o negro. El Renacimiento italiano debe mucho a los dineros de la familia Medici. En el siglo XIX tuvimos pensadores. En la Rusia comunista los poetas, novelistas y pintores debieron callar, sufrir y morir en campos de concentración. Hoy Hilaria Ramelli, en Italia, traduce a Marciano Capella sin ninguna ayuda oficial.

 

Yo no sé quiénes dirigen el Colegio de México, una institución que mantiene líneas de investigación sobre la sociología, la política, la literatura. Creo que en América Latina es caso único su Centro de Estudios de Asia y África del Norte. Entre las publicaciones de este Centro conozco tres (deben ser muchas): Donald Keene, La literatura japonesa entre Oriente y Occidente, Kazuya Sakai, Japón: hacia una nueva literatura, Shunsuke Tsurumi, Ideología y literatura en el Japón moderno. El Colegio invita ‘scholars’ e investigadores de alto calibre intelectual (perdonen la expresión) y luego publica sus trabajos. Que yo sepa jamás el Colegio se ha ‘relanzado’, sus investigadores y ‘gerentes’ no han debido ‘convertirse’, a pesar de la dictadura del PRI.

 

Desearía para mi país algo similar. Pero si alguien fracasa como editor, es premiado con la dirección de una institución (cambiándole el nombre), si cobraste sin trabajar a la sombra de la llamada cuarta república hoy cobras sin trabajar bajo la ‘revolución cultural’, si eres estulto, asesora. Los vivos se enriquecen adulando. Pareciera que la imbecilidad, la incultura, la inepcia, se transmita el poder de república en república. Y da tristeza.

 

Pero la melancolía es mala consejera. Induce a remedios extremos. La cultura, la creación está lejos del poder. No sé dónde está, pero intuyo que muy lejos de lo más podrido de este país. No conozco solución alguna a nada. Pero muchos ‘gerentes’ culturales debieran ser tan egoístas como el poeta, lleno de ego, que dijo: “Todas las cosas a las que me entrego / se hacen ricas y a mí me dejan pobre”.

 

DE ESTÉTICA

 

 

Llegó a mis manos (el tópico todavía vale, a pesar del retraso) de otras manos delicadas un libro de un joven apreciador del arte. Se trata de La cocina de Jurassic Park y otros ensayos visuales (Fundación Polar, 1998) de Luis Pérez Oramas. El ensayo inicial investiga un tópico de la epistemología que me interesa sólo por dilecto: algunas teorías sobre la forma provenientes de matemáticos estudiosos de la topología (lenguaje de la teoría de las catástrofes, según René Atlan en su ensayo Entre le cristal et la fumée, 1979), entre ellos René Thom, cuya principal hipótesis es “que una forma o ‘una apariencia cualitativa’ es el resultado de una discontinuidad en algún lugar” pues las fuerzas que tienden a romper la simetría del movimiento son contrariadas por otras que buscan la estabilidad. De ello resulta una discontinuidad, una ‘catástrofe’ en el movimiento mientras que la forma se mantiene. Oramas sostiene que “una definición general del arte es tan imposible como inútil”, postura muy saludable y cercana al ‘anarquismo epistemológico’ de Paul Feyerabend (asistente de Brecht y alumno de Popper). Es posible que el carácter rebuscadamente especialista del lenguaje aleje un lector apresurado y no necesario (el que no posee una ‘experiencia estética suficiente’). Aconsejo la lectura del ensayo sobre La fábula de Aracné (podría ser discutida la afirmación de que las ‘instalaciones’ como opción crítica en arte derivan de una ‘crisis de la representación’) y los dedicados a Reverón (acoto: Reverón no es moderno como lo son los modernos, es un creador tan moderno como el que primero desestimó la pincelada educada, o como lo fueron Rimbaud y Lautreamont).

 

El escultor Waterhouse Watkins modeló en 1851 los primeros dinosaurios (palabra inventada por el científico inglés Ricardo Owen), pero estos animales siguen siendo fuente y modelo de memoria mítica, sobre todo en el arte, y no porque el jurásico represente la siempre verde Arcadia del sueño poético sino más bien porque son edad geológica de la imagen presente, saurios terribles habitadores de nuestras conversaciones con los vivos, “hasta que podamos”, como deseaba el cubano Piñera. En tiempos revueltos necesario es conversar con el ‘animal insomne’ que nos inquieta.

 

EL ESPÍRITU Y EL CÉSAR

 

Algunos piensan que sabiduría y libros reviven al hombre en el Cosmos. A lo mejor así pensaron Leonardo y Maquiavelo cuando se vieron por primera vez en Urbino, empleados ambos por César Borgia. Para un budista sabiduría debe ser conocer el modo de suprimir el dolor que causa la flecha. No describir la forma de ésta, su madera. Los papeles de sutras pueden tener incluso un destino procaz. Un inglés inventó una sabiduría que viene de no hallar lo que se busca y la llamó serendibilidad, nombre que tomó prestado de una princesa Serendib. Un místico español nos transmitió el arrobamiento del saber: “Entréme dónde no supe, / y quedéme no sabiendo, / toda ciencia trascendiendo”.

 

De modo que sabiduría viene envuelta en libros, arrobamientos, intentos y seca vía del  dolor. Sin embargo nadie aprende por cuenta propia y cuando cree haberlo logrado se despeña. Imagínense ustedes a un poeta guiado por un hombre mudo de tanto hablar, burdo hasta en sus fantasías, falso en las esperanzas que dice atesorar. Leonardo no confió jamás en Borgia, como tampoco Maquiavelo. Menos en Ludovico o en el rey francés. Todos le sirvieron a su pintura, a la pintura de su carácter.

 

Moderna sabiduría destella en la maldad literaria de Rimbaud y Leautreamont. Imagínense ahora a Ducasse o Jean Arthur en el patio de una escuela militar. Lo más cerca que estuvieron de eso fueron las barricadas. Pero ellos no tenían sus ideas colocadas cerca del bolsillo, como bien apuntaba el Marx del 18 Brumario. “Por delicadeza yo perdí mi vida”. Y el poeta de esa voz hercúlea que fue Maiacovski prefirió que la barca del amor encallara en las frías aguas del cálculo egoísta.

 

¡Ay revoluciones de viejos babiecas y tenientes de pacotilla! Hoy deseamos altas traiciones, estados generales del espíritu, rebeldía siempre incandescente, que haga hervir las manos de quien la toque. No conformidades ni palabras de orden. Chorrean sangre e injusticia. Trituran, más tarde o quién sabe.

 

Pero los barbilindos, los hipopótamos alados se mueren por la caricia del Jefe. Desean sacrificarse por la kultura, los dozavos endulzan su imbecilidad. Se sienten importantes. Están sentados en la silla. No se han dado cuenta de algo: en las calles está el sol, la lluvia, el viento del Ávila. Mueren.

 

OH, ISRAEL

 

Dos veces al mes la señora Höss ofrecía una fiesta para los jefes de las SS. Su jardín era bello, los niños jugaban con los perros o nadaban en la piscina. Incluso sus hijos jugaban a ser judíos con estrellas cosidas por una sastre del lager vecino, Dachau. La esposa del jefe del campo de exterminio tenía que cuidar el sueño de su marido, molestado a veces por los gritos de los torturados. Esto lo cuenta Gudrun Schwarz en un libro sobre las mujeres de los jerarcas nazis. Imaginemos ahora un joven palestino: el hogar destruido por las picotas judías, sin agua, sin poder trabajar, saliva y desprecio cada día. El no es un agente de Arafat. Es un agente de su desesperación, es una ira loca, que no tiene quien lo defienda (Arafat se preocupa de sus tres comidas diarias). Un día decide hacerse pedazos con una bomba en medio de los israelíes. Es un shahid (mártir), no un soldado de Arafat. Ha sido creado por la provocación que pisoteó los lugares más santos del islamismo (Sharon).

 

En estos días un escritor israelí, Meir Shalev, se horroriza ante el odio que sintió el joven que se suicida en una pizzería. Desea la separación (‘apartheid’ es la palabra correcta) porque siente diferentes a los palestinos. Eso es racismo puro y simple. Sharon es racista, como el general Eytan, quien sostiene la teoría de que los palestinos son cucarachas que se deben echar al mar. El movimiento pacifista israelí conoce el significado de la ‘solución final’ de Sharon, que se está cumpliendo. Los colonos, venidos de la Europa Central y de Rusia, son los más racistas y deciden. El complejo de culpa (inglés, heredado por los yanquis) y su poder mediático los envalentona. Durante siglos judíos y palestinos vivieron en esas tierras.

 

Los palestinos están solos. Son musulmanes, saben que lo que vendrá, vendrá, pues Israel tiene todas las armas y el poder del mundo. Israel con Sharon ha decidido: los derrotados (no Arafat, él tiene asegurada la vida) deben arrastrarse y pedir perdón por ser. El pacifismo israelí es fuerte. Pero tiene una debilidad: si vuelven los desterrados Israel desaparece. Falso. Quien tuvo tierra debe tenerla. Sabiduría jasídica es lo que falta. Por ello los humillados ‘mi stanno a cuore’. Respeto al otro es paz. Eso deseo. Ojalá.

 

 

 

 

 

 

 

EL GOLEM

 

Creo que muchos lectores, incluso aquellos que usaron el correo electrónico para estar en desacuerdo, a veces farisaico, con mi artículo OH, ISRAEL, conocen la historia del rabino praguense Judas Loew, quien construyó un ser de forma humana y colocó en su frente una placa con la palabra ‘Shem’, tomada de una frase de la Cábala judía: ‘Shem ha-me forasch’. Esta frase le dio vida y el golem sirvió a su amo lealmente. Pero luego enloqueció y se convirtió en un peligro que el rabino conjuró retirando la placa de la frente de su creación. Sin embargo el golem siguió existiendo.

 

El golem puede ser visto como una encarnación del alma judía, sobre todo en épocas de sangrientas persecuciones, como sucedió en el ‘pogrom’ de Kishinev, en la antigua Besarabia rusa. También se ha dicho que el golem es un doble del rabino Loew. El cuento del golem inspiró un relato de Goethe, el Frankenstein de Mary Shelley e incontables recreaciones, entre ellas la de Gustav Meyrink. Pero el golem muy bien puede ser algo que en la sique humana se independiza y comienza a actuar solo, un temor, un prejuicio. Y es entonces cuando se comienza a dividir el mundo en dos bandos y el mío siempre tiene la razón. Algo muy peligroso que estamos experimentando actualmente los venezolanos. En Israel parece estarse despertando un golem que estaba muy dormido en las almas.

 

Sigo insistiendo en que para comprender el problema palestino hace falta mucha sabiduría jasídica. Como la que derrama Sholom Aleichem en su cuento “Los dos antisemitas”. O la que movió hace unos cuantos años al escritor israelí David Grossmann cuando estuvo entre los palestinos y escribió “El viento rojo”: sus impresiones sobre esos palestinos familiares de terroristas (escupitajos, desprecio, destrucción de sus hogares) son las que he recogido. A lo mejor Grossmann hoy piensa diferente, como peor es la situación de los palestinos. Pero de esas impresiones podemos deducir que la mentalidad de Sharon y de sus seguidores está afectada por dos sentimientos (ya lo sabemos: los sentimientos no están muy en la órbita de lo racional) que afectan a los vencedores y que los griegos denominaban ‘hubris’ y ‘ate’, desmesura, venganza (el asesinato de Rabin está en esa lógica irracional).

 

No se puede ser antisemita porque eso es un ultraje al sentido común. Pero no puedo aceptar un escrito como el de Naomi Ragen (enviado para que yo aprenda algo), cínico, cruel, despreciativo hacia el tercer mundo (al primer mundo se adscriben logros como el Ku Klux Klan, el apartheid, Dachau…), denunciador de una mentalidad ya no de colono o pionero, sino de ocupante. El tercer mundo no tiene la culpa de Somoza, Trujillo, Idi Amin, Castro… Y no puedo ser además antisemita porque mi espíritu está en la órbita de Kafka, Benjamin, Paul Celan, Maimónides, del Rabí Sem Tob. Como escritor, sólo como eso, temo lo que en Israel pueda desencadenar este nuevo fundamentalismo a lo Sharon, el hombre que permitió la masacre de Sabra y Chatila (por ello jamás podrá viajar a Bélgica). Israel ha sido una democracia en cuyo parlamento pueden ser elegidos hasta los árabes israelíes. Con una prensa libre (hasta donde puede ser libre la prensa en un país en guerra). Casi un ejemplo para las tiranías árabes de la zona. Eso creo. Pero nadie va a convencerme de que Sharon y sus verdugos están actuando para la paz. Posiblemente la paz de los cementerios, como hizo nuestro general Gómez.

 

Por lo demás, este es un país, hasta ahora, libre, en donde cada quien puede emitir su opinión sobre los asuntos que le conciernen, sea poeta, obrero, ama de casa o un don nadie, como es mi caso. No soy un iluso, simplemente creo en la justicia, en el derecho que tienen los que han tenido tierra a tenerla, en la igualdad entre los seres humanos, pues como decía un poeta español “Bueno es saber que los vasos / nos sirven para beber: / lo malo es que no sabemos / para qué sirve la sed”. Y este es un sentir tan kosher y jasídico que no veo porque deba ocultarlo. Como le sucedió recientemente al palestino Omari Jada, quien murió ahogado por salvar al niño Gosha Lepatev, hebreo ruso, en el lago Tiberíades.

 

ESCRITORES

 

                                                        a Carlo Giuliani

 

Hablaba cierta vez Francisco Umbral de una puesta de sol marina que la literatura y el arte habían estropeado para siempre, puesto que esa belleza es conocida antes a través de la literatura y del arte que por experiencia directa. La literatura jamás podrá malograr las memorias de la vida, paisajes imaginarios: por eso cuando leemos Los jardines de la melancolía de Juan Perucho sentimos de primera mano los goces que producen los recuerdos de infancia, las amistades firmes (Néstor Luján, Hölderlin, Álvaro Cunqueiro), los gustos (la gastronomía, los libros raros), ciertos lugares. Ese libro de Perucho, moderno como es, puede muy bien compararse con ciertos ‘libros cifrados’: el de Ernest Jünger sobre los relojes de arena, la novela de Luis Racionero sobre da Vinci o esas breves maravillas que son El gran Meaulnes o En busca de lo absoluto.

 

Sobre la novela de la vida hay escritores y escribidores. Muchos de los que entre nosotros suenan sólo adormecen. Por eso hay que buscar mucho lo que nos place pues sólo se desea leer cotidianidades que ni los siglos opacan. El lector voraz (‘animal depravado’ lo llamaba Baudelaire) se contenta con la aritmética. Un lector puede hallar, como afirma el admirado Ceronetti, en traspapelados ensayos un rayo de luz que ilumina toda una galaxia.

 

Me sucedió no hace mucho con Indro Montanelli y su pequeña columna en el Corriere della Sera. En Italia jamás llegué a leer su periódico, Giornale, porque lo identificaba con el fascismo. Hace poco tiempo comencé a leer diariamente su Stanza y su estilo, las ideas que exponía, casi todas contracorriente, me cautivaron. Tenía ideas de derecha pero aborrecía la derecha de Berlusconi y decidió votar por la izquierda. Las Brigadas Rojas le dispararon a las piernas, pero en su lecho de muerte lo visitó el brigadista. No aceptó la senaduría vitalicia, si el doctorado honoris causa de Oxford. Fue periodista siempre, pero supo escribir con donosura. Como escritor me hará falta.

 

Los jóvenes deberían leer escritores ancianos, extranjeros o nuestros. Mejor si son antiguos. Leer el Ecleciastés (“No quieras ser demasiado justo ni demasiado sabio: ¿para qué quieres destruirte?”) es un buen antídoto cultural en grises tiempos ‘revolucionarios’.

 

 

 

PAN DE VIDA

 

 

Federico de Onís decía que el tuerto López, poeta cartagenero, “encarna el modernismo visto al revés”. Citar a Onís es anacronismo, como lo es también pensar que “la poesía mueve al poeta como el viento a las nubes quietas: siempre más allá, hacia lo desconocido” (Octavio Paz en un número de El hijo pródigo): pero así soy. En el tuerto López la poesía se hace desprevenida, penetra en la vida del pueblo para revelarla en su trágica comicidad diaria, usando un lenguaje incisivo, casero, lleno de color y olor, según nos lo describe García Prada. Rafael Michelena Fortoul, más conocido en su época como Chicharrita, nos recuerda al cartagenero, pues ambos saben que poner música de cámara a sus ternuras desviaría la atención de los lectores. Si se les interrogara sobre la poesía y sus esencias, nos responderían con estos versos prestados: “Su origen no lo sé, pues no lo tiene, / mas sé que todo origen de ella viene, / aunque es de noche”.

 

Sin saberlo esos poetas expresan (Chicharrita y su musa coquinaria, el tuerto y su socarrona confesión: “Yo soy eminentemente anfiscio y Cartagena lo es en sumo grado”) una resistencia a la amnesia que convierte en superficiales cosmopolitas a quienes viven de prestado y sufriendo el terrible complejo del americano (“creer que su expresión no es forma alcanzada, sino problematismo, cosa a resolver”) que hablara Lezama. “El placer que Rimbaud o Eliot transmiten a los lectores de poesía culta es equivalente al que los autores de Amar y vivir o Perfidia propician a los que han comprendido que en todo bolero hay una historia de un amor como no hubo otro igual, que nos hace comprender, nada menos que… todo el Bien, todo el Mal, y además pone luz a nuestras vidas”. Si, el bolero puede sustituir en el corazón de romanistas como Vásquez Montalbán (he citado de su prólogo a la obra de Iris Zavala El bolero, historia de un amor) los cultos deliquios acostumbrados. Pero entre nosotros la memoria culta siente complejos: para conectarse con lo popular recurre a lo metropolitano popular (toros, música francesa). Este libro de la puertoriqueña Zavala (hubiera deseado sólo un prólogo del maestro Cabrera Infante), con su mínima antología del bolero (no ha debido faltar Contigo besos salvajes), es lección de sabia cultura.

 

 

GANAR Y PERDER

 

 

Nota: Este artículo fue escrito al diario Tal Cual como derecho a réplica debido a que su director, Teodoro Petkoff, publicó una nota en defensa de Rafael Cadenas y Carmelo Chillida refutando las opiniones de la articulista Nancy Villarroel, quien hacía pública la existencia de una mafia en la Escuela de Letras de la UCV, cuyo capo es la profesora María Fernanda Palacios. En dicha nota se me aludía de manera inexacta, por lo cual solicité la referida réplica, ignorada. Este artículo tiene como única finalidad provocar la discusión por este medio de un fenómeno preocupante: la mediocridad que se ha instalado en la UCV a través de los concursos amañados. 

 

El Director de Tal Cual, con una apostilla que insulta porque confunde, rechazó de plano algunas afirmaciones de la articulista Nancy Villarroel “a propósito de un concurso de oposición en la Escuela de Letras de la UCV,  que su marido, el poeta Douglas Palma, no ganó”. De igual manera se censuró un artículo mío en la columna que sostengo en este diario, quizás porque allí me permití abundar en detalles que delatan la verdadera esencia de lo que son los concursos en nuestra ¿primera? universidad. No me duelo por la censura directa e indirecta, me agravia el que se distorsionen los hechos, que el poder comprima a un individuo que sólo posee sus palabras, nada más.

 

El tono intelectual de este país es el de la laxitud ética. Quien escribe pudo decir en 1993 que los intelectuales no habían sido capaces de “levantar la costra democrática… como si lo hizo Hugo Chávez y mirar la llaga”. Pero además afirmaba “que es el gesto de Chávez lo importante, no sus ideas, que pueden incluso no ser tales y sí simples palabras de orden”. Escribir no es heroico, pero no se olvide que la épica sale de labios, no de armas. Y es de esa laxitud ética de la que yo acuso a Rafael Cadenas y a María Fernanda Palacios, miembros del jurado en cuestión. De Marco Rodríguez, el otro jurado, no me ocuparé porque es producto de otro concurso amañado.

 

El joven poeta tiene tantos años ‘enseñando’ porque ganó fraudulentamente un concurso de credenciales en el que credenciales no tenía. Ese compañero de labores de Tal Cual es un balbuceante engendrador de incoherencias, ayudadas por ciertos movimientos de las manos. Allí no hay seriedad, porque lo que se juzga es la aquiescencia. Yo no soy de los que creen que Cadenas es “bueno como el pan”, porque nadie lo es, ni siquiera José Gregorio Hernández, cuando se le juzga en relación con Rafael Rangel. Sí, es cierto, ha escrito “versos afortunados” como diría Nancy, pero nada más. Este es un país imbécil que se merece los presidentes y los poetas que tiene. Mi visión de este país es más ácida que la que pudo tener Ramos Sucre. Un pobre país con algunos poetas que intentan aparentar ‘modernismo’, pero siguen siendo poetas gomecistas.

 

En el bendito concurso no hubo un ganador, ya lo había. Como sucedió con el concurso de credenciales. En el bendito concurso Marco Rodríguez no hubiera podido ser jurado, porque es un bardado de las musas. Esta es la verdad. Ganar o perder es operación del azar. Sólo que en este caso el azar era ‘un escupitajo a la integridad’, como diría el poeta Robert Lowell. Como lo dije en mi artículo censurado: Ya nos hemos ido. Ellos saben en qué están. Nadie les pedirá cuentas. Sólo su conciencia, ese resto de ella que les quede, cuando estén acezando, les repetirá: “No sientes nada de tu creación”. La naturaleza podrá estar siglos repitiendo sus maravillosos espectáculos, pero ese ‘esencial’ jurado sólo hablará de ellos como los libros: es por eso que treinta años más tarde puedo repetir aquella frase de la Renovación: “Ustedes no comprenden nada”. Sí he podido comprobar que entre la imagen y la ética existe un foso: ustedes. Atesoro una satisfacción: no respirar su mismo aire.

GENERACIÓN DERROTADA

 

“Nosotros, con nuestra audacia, nuestros ideales, pasiones y utopías, ¿hemos logrado en verdad mejorar el mundo? Creo que no. Todo lo que habíamos creído  ya no existe. Pero quizás no sea una catástrofe, quizás reconocer nuestros yerros con fatiga y con dolor sea la única solución para reencontrar energías, entusiasmos y, sobre todo, deseo de vivir… El enemigo es la estupidez que se propaga en una sociedad desbandada donde los cretinos deberían ser sacados ferozmente de sus cubiles. Los jóvenes están maleados por culpa nuestra… Nadie, escuela o familia, ha sabido decirles quienes son y qué deben hacer. En derredor mío no veo nada positivo: sólo una globalización creciente que aplasta al individuo, un decaimiento de la realidad y de las personas, una ausencia de pensamiento crítico, un anulamiento de las conciencias por parte del mercado”: perdone el lector la larga cita, pero no de otra manera podía sintetizar lo que piensa hoy un cantante italiano que en los años 70 y 80 me acompañó en innumerables aventuras.

 

Giorgio Gaber se niega a la televisión, a la industria del disco, al acomodamiento feliz. Después de veinte años de ausencia toma fuerzas con un disco que tendrá por título Mi generación ha perdido. En los años 70 sólo Gaber y Darío Fo podían llenar una sala, un auditorio, de escépticos, utopistas o descreídos. La primera vez que Fo pudo llegar a la televisión fue en 1975, si mal no recuerdo, con un magnífico espectáculo, Misterio bufo, apoyado en versos de Ciullo d’Alcamo, juglares meridionales y creo que hasta el dialectal Carlo Porta. Gaber cuando se presentaba en las universidades o en ciertos teatros se acompañaba sólo de una guitarra y de un ácido humor milanés (acentuado por esa erre que a Lampedusa disgustaba).

 

Hombres como Fo o Gaber, cuyo alto valor intelectual (sorprendió el Premio Nobel de Fo) y moral sustituye a veces a los poetas laureados, no sólo conocen su oficio: le añaden seriedad en el pensar. Y se entiende porque algunos escritores rehuyen la televisión: allí reina la medianía, la incultura, la banalidad y los Berlusconi mandan. ¿Libertad de expresión? No se trata de ser contestatarios: ¿cómo existe Rui Barbosa en Brasil? La excelencia exige respeto, lo impone. Otro medio es impensable.

 

26-03-01

LA MORTE, CHE SCHIFFO!

 

Junto a la vieja sangre de nuestros antepasados y de la tierra, vertemos en nuestras venas otra que sólo el amor justifica. Entra en el cuerpo con la poesía, con el teatro que no nos es ajeno, con todo el arte que da la vida bien vivida. Parte de esa sangre mía la formó Vittorio Gassman, un actor que comencé a admirar desde que vi Il Sorpasso en esa academia que fue el Cine Palace.  

 

De este hombre, nacido en Génova un 1º de septiembre de 1922,  siempre se opinó que, junto a su disgusto por el cine que hacía, se emocionaba con una ‘consecutio temporum’(regla latina que rige la precedencia de los verbos), con el poema de Boris Vian que termina así: “No quiero morir / antes de saborear / el placer que atormenta / al gusto más intenso” o con los versos de Leopardi. Creó incluso una escuela de retórica para los políticos italianos con el personaje de su Ejército Brancaleone y confesó que su carrera de actor comenzó el día de la muerte de su padre: no dejó soltar sus emociones. Se comenta que incluso le hubiera gustado morir sobre el escenario, como el famoso actor Kean.

 

Quizás me atrajo de Gassman su conciencia del propio valer: no le importó hacer filmes mediocres (Rapsodia, en Hollywood) y luego subir al escenario e interpretar nueve personajes en una sola obra, pasar de Shakespeare al Adelchi de Manzoni o al capitán Achab de Melville. Me hubiese gustado verlo decir las últimas palabras de Pandaro en Troilo y Cressida o representar al Comisario San Antonio en una de sus aventuras. Giovanni Raboni, poeta, lo ve como alguien a quien la poesía dictaba sus más auténticas palabras.

 

Este maestro de ‘foné’ a quien la vejez dibujó el rostro que ha debido poseer el joven Caravaggio en Porto Ercole, describió sus depresiones, sus timideces en Un gran futuro a las espaldas. Un poema suyo de 1988 confiesa: “En la soledad / tajada por las luces el actor explora / su centro: sabe que en cuatro fútiles frases / debe hacer de ombligo del mundo”. También valen sus guiños, ese abrocharse la bragueta frente a la cámara, el goce culinario y una cierta pacata indiferencia de la que deberíamos aprender (entre nosotros madurar es sinónimo de imbecilidad, de complacencia). Por eso afirmó: La muerte, ¡qué asco! La sangre no elige, acepta.

LA POESÍA NO PERDONA

 

Reconforta leer a los poetas que más cerca estuvieron de tomar el cielo por asalto y deseaban ser el único rostro de su tiempo, recrear la Navidad sobre la tierra, como soñó Rimbaud en otro siglo: me refiero a los poetas rusos (Blok, Esenin, Maiacovski, Ajmátova, Pasternak, Mandelstam), cuyo ‘sueño social’ se convirtió de pronto en una máquina sedienta de poder, en un aparato que exprimía al individuo en aras de un ‘futuro luminoso’. Pero no expresamos la hondura de lo que sentimos, de lo que nos duele con la palabra ‘reconfortar’, pues esa lectura no produce quietudes, entusiasmos o seguridades académicas. Más bien renueva la necesidad del quiliasmo histórico. Casi todos esos poetas terminaron suicidas, en campos de concentración, silenciados. ¿Será que las revoluciones se caracterizan “por ese temor de recibir algo de manos ajenas; no se atreven, les asusta acercarse a las fuentes de la existencia”?.

 

Los poetas abrieron sus ojos y oídos al rumor del tiempo y la revolución ardió en discusiones: en el Smolny (como nos cuenta John Reed) y cuando el poder estuvo asegurado por la boca de los fusiles. Los poetas pensaron que sus idílicos campos no serían destruidos por la electrificación forzada y los planes quinquenales, que si la revolución nació como una disidencia, era lógico que de ella se alimentara. Pero esa aventura en la libertad se hizo voz de mando con Stalin (buen discípulo de Lenin) y comenzó la tragedia, que aún perdura. El camarada Maiacovski advertía sobre esos poetas de la revolución: “sobre la banda / de los poéticos / aprovechadores y vividores / yo levantaré / como un carnet bolchevique / todos los cien tomos / de mis libros de partido”.

 

La revolución no necesitaba poetas: la poesía siente aversión por el poder pues ahoga las imágenes y los poetas las necesitan, como también el pan, el vino, la amistad. La poesía semeja al paleto que se siente en su casa en una catedral e incómodo en un lujoso sofá. El poeta venera el lenguaje: deshace así “las telarañas que cuelgan de la razón”. Con mucha razón le escribió Saint-Exupéry a Breton: “Si usted no es el hombre de las Bastillas es por falta de poder. Pero en la medida en que su débil poder pueda ejercerse, usted es el hombre de los campos de concentración espirituales”.

 

LAS FORMAS DEL LEER

 

Cesare Pavese, un escritor que jamás fue tan famoso como los actuales autores de best seller, en un breve ensayo sobre el leer afirmaba: “Leer es tan facil, dicen quienes una larga amistad con los libros ha quitado todo respeto por la palabra escrita; pero quien trata en vez de libros con hombres o cosas y le toca salir por la mañana y regresar de noche endurecido, cuando por casualidad se ensimisma en una página se da cuenta de tener bajo los ojos algo áspero y extraño, evanescente y fuerte, que lo agrede y lo desalienta”. Sumo al juicio de Pavese una anécdota: venía con Caupolicán de la Gran Papelería y cuando entramos a un bar frente a El Nacional un pregonero nos vende el primer número de Tribuna Popular pacificada. Caupo alza el periódico y dice: así lo leía antes, pero ahora merece que lo lea aquí, y coloca a Tribuna en el suelo. De modo que el gesto en el leer denota.

 

A veces se decide no leer porque desde las primeras líneas salta a la vista la nadería. O porque se siente el olor a dinamita (le pasó a Miller con Rimbaud), lo cual hoy sucede muy pocas veces. Guillent Pérez decía que si se eliminaba la literatura nacional no sucedía nada, pero ¡ay! si llegara a faltar el primer terceto de Dante. ¿No amaba Guillent a Venezuela, despreciaba? Y Guillent sería una lectura necesaria hoy. Como también lo es Rafael López Pedraza. Baudelaire llamaba depravado a ese lector que lee y colecciona libros más allá de una honesta medida. Se ha afirmado también que la desmesurada lectura de novelas es indicio de vacuidad síquica en los pueblos. ¿Quién ha dicho que los libros necesarios deban ser obras de arte? Los evangelios no lo son. Con razón dice Guido Ceronetti: “De modestos ensayos traspapelados, tomados del montón, malamente escritos, traducidos perrunamente, puede repentinamente partir un iluminante rayo e iluminar media galaxia”. Por eso la infatuación juega a veces malas pasadas. Agamenón, poseído por ella (en griego es llamada ate) roba su mujer a Aquiles, pero luego corrige el error y culpa a los dioses: “No fui yo la causa de aquella acción, sino Zeus y mi destino y la Erinia que anda en la oscuridad”. Y esta no es una desmesura sólo de la grecidad. Es humana, demasiado humana. Hay mucha prosa que posa de esencial y es sólo eso. Belleza es verdad.

LATICAS DE OSCURIDAD

 

 

Toma Ud. el libro y lee: “Reflexionar, por lo demás, es doblarse sobre uno mismo a través de algo exterior…”. O halla esta maravilla: “…ofrecemos envases para oscuridad, pequeños recipientes donde atraparla”. Quizás tropiece con esta metanoia: “”Mientras el tiempo es intocable y pasa, posee una mágica capacidad de desplazarse…”.  Existe un público (sobre todo entre el funcionarado cultural inepto e inculto) que acepta estas naderías como producto intelectual e incluso las edita en costosas ediciones que ya querrían para sí poetas como William Osuna o Antonio Urdaneta. Las frases las tomé de un libro que se debe olvidar. Recomiendo sí el Arte de trovar de Enrique de Villena.

 

Tal retórica no es huérfana. Se incubó en el Área Tres de la Escuela de Letras: uno de los pocos logros de la Renovación convertido en espacio de marañas y trucos de obscena imbecilidad. Dicha Área fue tomada por una palabrería insulsa que se remitía y remite a Nietzsche (mal leído), Heidegger, Blanchot o Barthes, Jung (ignorando sombra y densidad) y cuyos productos más acabados adolecen de ‘bulimia literatosa’. Los términos preferidos: ‘herida’, ‘dolor’, ‘ser siendo’, lo ‘roto’ y ‘la sabiduría de la obra’, la literatura como ‘intervalo’, Desamparo, desierto, desmesura.

 

Fue una retórica de secta a la que sólo se contraponía la marxista ignara. Los más aventajados alumnos, los de 19 en línea, en cada secta llegaron a ser profesores. Pero toda retórica de secta no sólo denota cursilería, sino algo peor, mediocridad. Por eso en la Escuela de Letras se han impuesto los apuntes como una forma del éxito. Allí sólo son aceptados los escoliastas y es buena moneda la peor degradación mental: la credulidad. Dan ganas de restregar a esa enseñanza estos versos: “El que halla en un libro / borradas algunas letras, / que por sólo estar borradas / le da más gana leerlas…” o estas palabras de un andaluz suicida: “… en gran error viven los que se rodean de misterios, que el tiempo se encarga de aclarar y de presentar ante nuestros ojos como envoltura de ridículas vanidades”. Hermana de esta retórica es el rastacuerismo usado hoy por ciertos “intelectuales” pagados por el Estado (lo fueron durante la Cuarta, ¿la tercera ‘bicha’?). ¿Cambios?

 

LOS EXILIOS

 

Vivir exiliado debe ser una experiencia amarga. Los únicos gobiernos que producen exilios son las dictaduras. El exiliado vive pensando siempre en el pasado, es decir en lo que dejó atrás, en lo que no volverá a ver y vivir. A veces el exiliado escribe pensando en las palabras que diría si viviera en su patria. De esa suerte de memoria están llenas las páginas: forman poemas, construyen cuentos, hacen novelas u obras de teatro. Imagino a un grupo de exiliados comiéndose una pasta a la boloñesa acompañada de botellas de vino chileno. Entre todos han reunido para este almuerzo. Hablan de la patria prohibida. El jefe supremo, el comandante, no los quiere ni a sus libros. Pero saben que líneas o párrafos suyos son atesorados en la memoria.

 

Supongamos que esos hombres decidieran regresar a su tierra. Con todos los riesgos. Aprovechar un momento de descuido de las policías, que no era tal. Pero cómo trabajar, dónde publicar. A veces hacen oficios que les roban el tiempo y calladamente pasan su vida. A veces temen cuando tocan a la puerta. Tienen tan pocos amigos. A uno, fanático del régimen, pidieron prestado una suma irrisoria y se escondió detrás de la mujer que le administra el dinero. El exiliado sabe ya que no existe amistad, no existen recuerdos comunes del pasado. Sólo el presente mísero, en el alma, en el bolsillo. Recordó una frase de Marx: “En el mundo de la burguesía todo lo que es sólido se desvanece en el aire”.

 

¿Podrá ser como el Ramón Yendía de Novás Calvo o el irlandés de Borges? ¿De qué le valdría la tersura de los pentámetros yámbicos que traducía en octosílabos, sus tenues diferencias entre tiempos verbales rusos? Siempre estaba de por medio su condición de ilegal, de hombre que cree en lo que piensa y lo dice, aunque jamás pensara en armas ni agresiones. Era un hombre débil en un régimen fuerte.

 

Se debe hablar, advertir los peligros, sobre todo cuando hay mucha gente convencida. El exiliado jamás pensó que su libertad podía ser un taxi peligroso como el de Yendía, el delator, o el regalo de los dioses, .  

LOS HALCONES NEGROS

 

Era una historieta norteamericana donde casi aprendí a leer y también mis primeras palabras en francés y alemán (Mon dieu!, Par bleu!, Mein Gott!, Achtung!, Himmel!), pronunciadas por cinco aviadores, entre ellos un chino. Había comenzado la guerra fría. Poblaron además mis ensueños de lector unas historias de guerreros turcos en la revista argentina Billiken. Por eso me extrañó mucho cuando un eminente humanista venezolano afirmó hace años que este género derrotaría el lenguaje y la capacidad de pensar del joven. ¡Pero si las elásticas aventuras del Capitán Maravilla y su invocación (¡Shazam!) extendían mi sed de lenguaje!  Y qué no diría de las preciosidades del dibujo de Hal Foster en El príncipe valiente.

 

Luego fueron otras las historias que movieron mi imaginación. Por ejemplo ese Alack Sinner de Muñoz y Sampayo: un detective que asemejo al Marlowe insolente del bar “La sirena”, discutiendo con Shakespeare los versos de Sydney y Spenser. El Corto Maltés de Hugo Pratt a quien el exquisito Guido Crepax unió su Valentina en una historia aparecida en la revista de comiquitas italiana Linus, versión de la francesa Charlie Hebdo. Crepax, milanés, homenajeó en El hombre de Harlem a Charlie Parker y Billie Holiday. Y mueven porque son personajes que viven su vida del modo que los franceses llaman ‘decalage’, ajenos al triunfo. No son derrotados, pero si cínicos, irónicos, burladores de la ‘seriedad’ profesional.

 

En mi memoria, no sé por qué, se les asocian tipos de carne y hueso como el ‘loco’ Fabricio (sus sombreros anchos y su tabaco: con sangre escribió “Me había rendido”), conocido en los ‘tigritos’ de la Digepol, Alí Paredes (cuello tajado, madre enloquecida), compañero de cárcel en El Junquito en 1963 (intentamos tomar un cuartel de la marina sin armas) o Rubén Avila Torres, Fosforito, muerto en El Silencio, cuando pedíamos la libertad del profesor Scorza. Con éstos aprendí a leer en la política del no poder. La “putilla del rubor helado” que decía el poeta Gorostiza, se los llevó al diablo. ¿Cómo hubiéramos sido de haber triunfado? Una política que descansa en las cenizas de Marx, de Gramsci, no puede ser una política de triunfo, retórica: el aceite de la historia destila de nuestros huesos. Como debe ser. 

MASAOKA SHIKI

 

“9 de mayo: Con esta temperatura mía tan irregular los días y las noches se han convertido en un infierno de fuego. Esta mañana vinieron Haritsu y Sokotsu y trajeron un jarrón de peonías. La etiqueta decía ‘Hielo Sutil’. Tienen hojas grandes y un color bermejo claro. En la noche vino Kyoshi con comida occidental. Tomé mis medicinas dos veces durante el día y dos en la noche y a pesar de sentirme exhausto por el continuo sudar, dormí con dificultad”: así comienza el diario (conocido como Botan Kuroku) de Masaoka Shiki (1867-1902), creador del moderno haiku (poema de 17 sílabas) japonés. Es un brevísimo diario (apenas tres días) que se cierra con su muerte en el hospital.

 

Cuando Japón descubre a Occidente emprende una audaz política de traducciones científicas y literarias: es así como logra poner las bases de su desarrollo. Fruto de ese contacto es el Círculo de la nueva poesía (Shinshisha) de Yosano Tekkan, el cual reivindica la modernidad de la ‘tanka’ (poema de 31 sílabas): debía expresar la sociedad en que vivían con un lenguaje actual. Yosano Akiko, esposa de Tekkan, fue la poeta más lograda (“Llévame un vaso / de flores de cristal / llenas de la fragancia / que vive en el corazón / de una joven”: es uno de sus poemas). A ellos se opone Masaoka, alma de otro círculo, el Negishi, nombre del barrio de Tokyo donde vivía: el poeta debe expresar con sobriedad impresionista, de acuerdo con la naturaleza y lo más objetivamente posible. Shiki, máximo cultor del haiku, estudió mucho sus clásicos y escribió sobre Bashô y Buson (aunque admirara más a este último). Uno de sus logros es este poema, en el que no hay un solo verbo: “Suzushisa ya / ishidorô no / ana no umi” (Frescura / del mar a través / de la linterna de piedra).

 

El diario permite al lector dar una ojeada a las oscuras habitaciones donde se esconden los instrumentos del oficio o se sufre y se goza a solas. Para el japonés es un género con sus leyes íntimas, su escritura autónoma. La época de Shiki es la de las traducciones (Shakespeare será traducido todo hacia finales del XIX), moviéndose en torno a tres imágenes: China, Occidente y la tradición propia. Allí está la nuez del gran desarrollo japonés. Como lo fue para nosotros el siglo de la independencia. Traducción y desarrollo: Japón enseña. 

DOBLE MEMORIA

 

Junto al olor de Neumoticina, al sabor que dejaban las inyecciones de Pulmobronc y cierta repisa donde ardía una luz inexistente, la memoria hurga también en la historia política personal: ¿ha sido azar que en dos ocasiones la palabra revolución se cruce con nuestra vida? La historia nos enseña que en dos de las revoluciones radicales, la francesa y la soviética, sólo los policías salieron indemnes: Fouché y Putin. Los idealistas siempre son sus primeras víctimas: Babeuf, Saint Just, espíritus simples, enemigos de la suntuosidad, afección que se enrosca en el poder excluyendo toda humana cercanía. Rescataré sin dudas mis elecciones: la amistad polémica con el viejo cuidador de la casa del Comité Regional en La Pastora (su dedo medio paralizado parecía siempre apuntar hacia el cielo), una certeza de esos años: Betancourt como artífice de una ‘democracia gomecista’ y del descalabro de la educación: gracias a sus ‘listas negras’ militantes adecos suplantaban a los profesores de izquierda, los mejores. Gracias a las listas tuve como profesor a Palomares en el Liceo Independencia.

 

En el 92 entendí que el golpe escandía algo más profundo (por ello me causó náuseas el comunicado de los ‘jóvenes intelectuales’ apoyando la ‘democracia’: ¿dónde están hoy?) y lo expresé. Despedido días más tarde de la Biblioteca Nacional por Virginia Betancourt: un cominoso trabajo curatorial de la Exposición V Centenario adjudicado a otros. Zapata dedicó una elogiosa caricatura a esta mujer tan dañina.

 

Deseo creer que los cambios (deben producirse porque hay mentes no podridas intuyéndolos) ensancharán la participación, airearán la democracia: algo que necesita este país desde 1863. Pero cambios y perruna obediencia se excluyen, como también la indiferencia hacia los males que persisten: indígenas indigentes, recogelatas, largas colas de estudiantes frente a las bibliotecas, la mirada desesperanzada de quienes sólo sufren. Venimos de un siglo en que la verdad debe ser buscada entre los perros. Pero los zafios no lo ven, andan alegres, coreando revolución mientras hacen sus negocios, siempre turbios. El tiempo no excusa, devora: la calle estará siempre allí afuera y bocas hambrientas no se asimilan a cerebros.

PENSAMIENTOS DESCALZOS

 

                                                                                  We are conscripts to our age

                                                                                              W. H. Auden

 

“Para ser un buen testigo hay que estar en el momento oportuno en el que el abigarrado acontecer de la vida, de pronto, adquiere cohesión y forma una imagen definida”. Me ha tocado, gozoso y melancólico, con todo su relente, ser testigo como lo especifica el joven alemán Peter Sloterdijk. Incluso a pesar mío lo soy.

 

He visto cómo las mejores promesas de mi generación se hunden en el triunfo banal, cómo aquellos en quienes admirábamos cierta continencia se dejan embrutecer por la incontinencia de la fama, casi siempre parroquial. He sido testigo de mi propia imbecilidad al creer que un país es un hombre providencial (providencia: cuanto el azar provee). Pero también he visto cómo me desmiento. He sentido en el alma la colusión de perversidad y cinismo. Me trastorna que el saber se mezcle a idiotez.

 

No me agrede que la poesía pueda ser objeto de contumelias: la poesía no perdona. Jamás me he sentido superior a nadie, sólo que los peores arden de ‘apasionada intensidad’. Hoy sólo descreo de esto: la poesía no hace mejores a los hombres, ciertos hombres astutamente son poetas y pueden hasta ser afortunados. Pero la poesía, ese único testigo de los tiempos, luego los desdecirá.

 

Pudiera ser testigo de cómo la imbecilidad del poder trastoca las éticas: gerentes que pudieran ser reos, pobres de espirito que jamás verán los cielos, amistad podrida por dólares.

 

Hoy me veo en una cueva de Afganistán. Asediado por el ‘bien’, reducido a simple bandido que sólo se confía al Señor. El poder, algo que nunca la poesía ha compartido, está allá afuera, con su metralla social, con sus bombas estúpidas (sólo se sostienen en su imagen). El poder que defiende a quienes sabe son sus protegidos.

 

UN DIARIO, UN ESTILO

 

Leer escritores venezolanos contemporáneos es algo que casi nunca me pasa por la mente. No sólo porque son provincianos (con todo lo que conlleva de inflazón egótica y nulidad literaria) y tienen un cierto olor funcionario, sino incluso por la cursilería, por la falta de gusto y adecuación. No saben de vinos y por la insufrible falta de contacto con la cultura que viene de la tierra, piensan que basta citar etiquetas (en Venecia uno puede tomar exquisitos vinos que no tienen nombre). Casi todos se babean por ir a Nueva York o cualquier gran ciudad europea: pero esto forma parte de la suerte que toca a los tercermundistas. Sé que mi percepción es arbitraria, pero antes de viajar a Nueva York o alguna gran ciudad europea, preferiría retornar a Lecco, a orillas del lago de Como. Ciudad bastante pueblerina donde Giacomo Manzoni situó el asunto de su novela Los novios, y que los lequeses aprovechan turísticamente con su “recorrido manzoniano”. Lecco, además, produce clavos y latas de cerveza, y el “cavigiun”, un sabroso pan con pasas, y  la polenta “taragna”.

 

Quizás este Diario literario de Alejandro Oliveros (Caracas: Fundarte. 1996), haya avivado en mi, y a la vez la refundara, una visceral prevención contra los diarios y las confesiones. Es una prevención que sólo los diarios de las damas de corte japonesas logran melificar. Porque si comienzo a leer las confesiones de Rousseau

 

Las entradas que se refieren a la enfermedad y muerte de la madre del autor son lo más intocable del libro, pero no siendo tan exquisito ¿cómo mezclaría yo depresiones profundas causadas por la cercanía de la muerte, con lecturas tan superficiales de autores tudescos? Quizás el libro debiera llamarse Diario de un profesor de literatura. Aparte del estilo enciclopedia británica o de reseña de periódicos norteamericanos, ese Diario me recuerda el hebetismo o la impronta periodística de aquellos que escriben sobre vinos o comidas en Venezuela. Por ejemplo: un amigo me comentaba que cuando en la página 134 Oliveros habla de “revisar las cavas de Fochon y Nicolás” falta a la verdad, pues Nicolás ni Fochon son cavas, sino una licorería el primero una venta de delicatesses (similar al Rey David caraqueño) el segundo. Ese mismo amigo me comentaba lo poco práctico y elegante que era pedir una botella “magnun” de Chatau Lafitte (equivalente a nuestros idos “botellones” de cerveza) en el muy turístico restaurant La Tour d’Argent. Pero dejemos a un lado estos detalles de connoisseurs.

 

Prefiero sentirme como un ‘caffone’ o un paleto a pretender convertirme en ‘conocedor’ de vinos y de la ‘bonne chère’: pero un diario de un poeta debiera ser la íntima confesión de cómo se va formando el pulso en el ejercicio del oficio. Tal y como leemos en las páginas del Diario de Pavese: allí nada de esas imbecilidades de restoranes o vinos, pues, como lo dije, eso queda para vergonzantes tercermundistas. Claro, estoy seguro que como Oliveros se cree un ‘poeta mayor’, sus lecturas serán las de la ‘alta cultura’: jamás le caerá en las manos un escrito menor, desgramaticado, pero que encierra ideas que iluminan una galaxia. Tampoco se le oirá mencionar poetas nacionales, a no ser los de la propia órbita: quizás esto debiera poder justificarse, pues atañe a la gana nuestra, incoercible, libérrima, antidemocrática. Este Diario de Oliveros rezuma señoritismo, barbilindez, es decir cortedad mental, incultura, pobreza espiritual. Y ya basta de hablar de lo que no nos gusta.     

DIGRESIÓN

 

 

“Uno camina y el tiempo también camina”: así puede sentirse quien experimente el pensar como un estado de gracia. Por ello algunos escritores escogen formas breves, fragmentadas, en las que encierran una quintaesencia expresada con palabras certeras, únicas. Ante el “enjambre de revisteros o reseñistas” que escenifican la ‘cultura de pandereta’ de los papeles literarios (desean dar a entender una información de pacotilla) la seriedad y la miseria de estos tiempos exigen casi un ocultamiento, una actitud similar a la del paleto que entra en una catedral como en su casa, pero se siente incómodo en el mullido diván. Y en ello no hay misterio ni se alberga exquisitez alguna. Es, lo creo, volver a las fuentes de lo que hemos sido, en historia, vivir y belleza. La expresión es belleza y es siempre milagro. Cubrirla de tonterías porque se crea haber sentido el llamado de lo sublime es simple majadería, arrequives de adolescente malcriado y prepotente. Con mucha razón se ha señalado cómo entre nosotros se ha enseñoreado la “cultura de la piñata”. Nos hace falta despertar a la densidad de la vida, al horror que supuran estos tiempos. Me incluyo.

 

Tenemos un animal primitivo viviendo en nosotros y no lo soñamos. Por eso se hace tan difícil despertar. Como anota Guido Ceronetti: abrimos el grifo y chorrea la sangre. Algunos, a veces, deciden quedarse solos y hablar con las paredes (“Un muro, ¿no comprendes? / Un muro frente al cual estoy solo”). Es una higiene que desearíamos practicar. “Se miente más de la cuenta / por falta de fantasía: / también la verdad se inventa”: sentenció un poeta español. Sólo que esa verdad deberá expresar la mutabilidad, no el movimiento. Lo que se mueve (la moda, el ego, la tontería, en fin) no es lo que cambia. Cambiamos sólo cuando crecemos. Y cuando crecemos tendemos a la dura bondad. ¿Se entiende, entonces, que al cambiar, nos vemos tal y como somos?

 

Ante la payasería revolucionaria (pasará lo de siempre: morirán dos troyanos y unos cartagineses), ante la impostura doctoral de ciertos poetas y el cinismo de la cultura académica, nos vienen desde el alma unas bascas que esta dulce tierra trasmutará en paisaje: ‘telarañas cuelgan de la razón’. ¿Se ha de decir lo que se siente sin ocultar lo que se piensa?

 

 

 

 

 

Y TODO IBA BIEN…

 

La vejez de la mujer de servicio dependía de la bondad del patrón. El obrero, rodeado de sindicalistas que de zapateros ascendían a señores de la República, obligado a participar de la ‘paz sindical’. Todos ejerciendo el derecho democrático al voto. Y “esta casa, esta democracia pionera, construida sobre fundamentos no de roca, sino de sangre tan dura como la roca” como intuyó el poeta Lowell. Pocos se ocuparon de la suerte de esa patria que iba dejando sus “gritos enterrados en campos desiertos”.

 

Las morenas pieles de los dirigentes poco a poco se iban blanqueando, por falta de sol: vidrios ahumados en los lujosos autos oficiales de los que salían apresurados hacia umbrosos salones de restaurantes, donde consumirían licores y comidas a cuenta del Congreso, del Sindicato, de la Fundación, del Instituto Autónomo. En épocas de vacaciones viajes a Europa para los más instruidos, la chusma privilegiada a Miami o Curazao.

 

Afuera acezan. Se mueren de mengua. Crece la prostitución, el alcoholismo, la droga, la delincuencia, la locura. Y los catedráticos del orden inventando teorías del Estado que esconden, justifican, eliden. ¿Los poetas, los escritores, los intelectuales?: cada cinco años firmando manifiestos de apoyo a los candidatos presidenciales (hoy se han transformado y dirigen), arrancándole aplausos a su porcina audiencia, cebándose en la televisión, difundiendo nadería, creyéndose maestros. La cultura acotada sólo por presupuestos. “El pasado (no) es un país extranjero”.

 

De golpe surgen nuevos actores. ¿Nuevos trigueños se blanquearán? ¿Nuevos sindicalistas ascenderán al patriciado? ¿Nueva corrupción vendrá? ¿Nueva plutocracia, nuevas picardías, nuevas muertes? ¿En la calle seguirán los locos, los desahuciados, los desheredados (la llamada ‘conflictividad social’)? ¿Los pobres lo seguirán siendo, creyendo quizás que un futuro los arrulla, los acuna, desde Miraflores? Nos asalta la gana del sueño social y que el futuro responda. Pero lo sabemos: el poder prefiere siempre los malandrines a los honestos (¿o ilusos?): les sirven mejor y no hacen preguntas. Y eso no lo altera ni el nombre ni el número de la república. Difícil será hallar ideas como piedras, que rompan cántaros de cargos.

 

 

 

 

 

BAMYAN

 

No es por tener más años de los que señala Cellini, quien aconsejaba comenzar a escribir las empresas de la vida una vez pasados los 40 años, por lo que recuerdo pedazos de mi vida. Pero es en estos días cuando recurrentemente salta a mi memoria el nombre de Bamyan. Allí me encerré a leer en una casa de té (El libro tibetano de los muertos, Tres tristes tigres de Cabrera Infante y El castillo de Otranto de Horacio Walpole, comprados éstos en una calle de Kabul por unos cuantos afganos). Había huido de una ciudad invadida por los hippies. Su calle mayor era llamada Chicken Street y desde el café Sygis, desde todos los cafés, sonaba atronadora música rock jamás oída en Occidente. Eran los tiempos del rey Shahid Shah. De ser cierto que dicho rey vuelve al trono, ¿soportarán de nuevo los musulmanes esos desafueros del poderoso dólar? Bamyan era un paraíso verde y cuando me cansaba de leer paseaba por los alrededores, es decir, por los montes. Unos niños me guiaron, a través de un largo túnel, hasta la cabeza del Buda que tenía tajado el rostro desde hacía siglos. Sentado allí recordé la historia de Savy.

 

Gershom Scholem cuenta la historia de un judío de Esmirna llamado Sabbetay Savi, hijo de comerciantes griegos, quien a los 22 años, en 1648, pronunció el inefable nombre de Dios en la plaza del mercado. Savi se autoproclamó de esa manera el Mesías. Retirado del mundo se hundía en el mal: comía alimentos prohibidos, cometía actos de libertinaje. Otros días su rostro resplandecía. Tuvo muchos seguidores. Era acogido por las ciudades y luego echado de ellas. Según Scholem en el alma de Savy se estaría culminando la leyenda de la Sekinah, elaborada en Galilea. Según esa leyenda Dios se revela como creador a través de dos principios: la contracción y la emanación. Al contraerse Dios dejó un espacio vacío en el que emanó su luz. Esta fue recogida en vasos, los cuales al romperse la esparcían y era necesario que cada judío intentara unirla. Incluso hundiéndose en el mal para purificarlo, como hacía Savy. Me place imaginar a Osama como una reencarnación de Savy, pero esta vez como hipóstasis de otra leyenda musulmana. El hombre que encarna el mal para el occidente cristiano, ¿no es posible que esté operando una especie de alquimia en donde el mal sirve de material reductor para lograr el bien? No debe olvidarse que Osama se considera elegido por Allah para purificar el mundo musulmán. Pero esa es una de las características de la mentalidad sectaria. En medio de esas mentalidades estamos atrapados. Que nos ayude Hermes.

 

¿DUERME EL MINOTAURO?

 

 

Deseo fastidiosamente referirme a ese pedazo de la vida nacional llamado “mundo cultural”, construido “trabajosamente” por las “élites culturales” (perdone el lector tantas comillas, pero ellas a veces ocupan el puesto de una más larga ironía). Si la vida institucional toda del país debe ser refundada ¿por qué no incluir ese minotauro que podemos llamar, inadecuadamente, “cultura oficial”: CONAC, Fundaciones (Teresa Carreño, Kuai-Mare, del Libro, de la Lectura, Rómulo Betancourt, etc.), Institutos Autónomos (Biblioteca Nacional, sobre todo), Museos? Llamo “minotauro” todas estas instituciones porque anualmente se comen millares de bolívares bajo la amenaza de que el país dejará de producir belleza, armonía, “nuevos escalofríos” si no se les asignan

 

¿Qué nos ha pasado? ¿Sólo podemos intentar algo cuando tenemos a la mano dineros del estado abundosos? ¿No puede ser posible englobar en un solo ente el CONAC, el CELARG, la Casa de Bello, INIDEF, etc.?, el cual pudiera funcionar a la manera del Colegio de México (como centro nacional de investigaciones literarias, artísticas, folclóricas, políticas, sindicales, de traducción incluso). Podría estar a la altura del CNR (Centre National des Recherches, Centro Nazionale di Ricerche) francés o italiano. Es algo posible. (En los años sesenta se intentó dar vida a una Universidad Popular Ezequiel Zamora, centro de investigaciones políticas, sindicales, etc.). La Biblioteca Nacional de Venezuela debería ser el centro de un proyecto de esa naturaleza. Pero antes deberá ser escudriñada a fondo esta institución (¿se ha enterado el alto gobierno de que lleva cerrada unas tres semanas?) lo cual revertirá su acción benéfica sobre las colaterales, sobre los usuarios, los investigadores (hablo de investigadores, no de rellenadores de fichas), el destino de las bibliotecas públicas y oficiales del país.

 

Ojalá que esta ingenuidades mías pudieran atraer la atención de quienes en los asuntos de gobierno posean una recia actitud no conformista (la cultura no es una poltrona, diría Pavese), ganas de ayudar al país, algo que no se avizora todavía.

 

 

EL PRINCIPIO DE INCERTIDUMBRE

 

Este breve ensayo de Armando Rojas Guardia, editado por los Cuadernos del Museo Jacobo Borges, indaga sobre el principio de incertidumbre tal y como es expresado en los versículos del Qohelet, nombre hebreo del Eclesiastés (en la Biblia hebrea es uno de los ketubim, palabra talmúdica que designa el tercer grupo de los libros sagrados judíos) y que también pasa por ser un nombre enigmático según la tradición sapiencial. Este libro bíblico trata de la naturaleza y preceptos de la sabiduría, de la sabiduría en la naturaleza y en la historia de Israel. “He aquí, en el corazón de la Biblia, una conciencia penetrando, sin asideros, sin estereotipos, sin fórmulas sedantes, sin ideologías cómodas, sin “opio”, en el campo minado de la incertidumbre ontológica”, afirma el autor.

 

El principio de indeterminación, expresado en física por Werner Heisemberg en 1927 (parece habérsele ocurrido al oír un disparo mientras tomaba sol en su terraza), y la ley de la relatividad, enunciada por Albert Einstein entre 1905 y 1915, son afines a este principio de incertidumbre de que se ocupa Rojas Guardia. La incertidumbre, para el autor, nos hace conocer el riesgo, la ambigüedad y la capacidad lúdica del humor (curiosamente, yo siento, leyendo este ensayo, como ese humor lúdico es ocultado por términos altisonantes pero poco decidores en el ámbito del alma: gnoseología, cognoscitivo, epistemológico), pero es un conocer a través de las imágenes y que muy poco tiene en común con el “escepticismo burgués de Montaigne”.

 

La formulación religiosa del principio de incertidumbre en el Qohelet o Eclesiastés podemos percibirlo desde estas líneas: “¡Vana ilusión, vana ilusión! / ¡Todo es vana ilusión! / ¿Qué provecho saca el hombre / de tanto trabajar en este mundo? /…. No hay nadie capaz de expresar / cuánto aburren todas las cosas”. Para Rojas Guardia, siguiendo un razonamiento de C. G. Jung, el poeta inglés William Blake propone un “método infernal” para interpretar la Biblia” que es a su vez un método ambiguo muy propio de ese principio de incertidumbre, cuya naturaleza fundamental es la de propiciar la humildad (“una incertidumbre engreída deja ipso facto de serlo”).

 

La fe (“convicción de lo que no vemos”, Epístola a los Hebreos, XI,1) es la seguridad de lo inseguro y por ello el autor hurga en Unamuno, el jazz, San Juan de la Cruz, los apólogos budistas, para establecer la ecuación existencial fe-incertidumbre, que es, en última instancia, “el remanente de incertidumbre que conlleva la empresa mística”. Es como si el sujeto de esta experiencia quedara alelado, embobado, sin saber a dónde dirigirse, es un “vivir la muerte antes de morir de manera física… vaciarse no sólo de todo tipo de equipaje sino aun del estorboso ego que decide partir y hacer la travesía”. 

 

 

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Una respuesta a CRÓNICAS BREVES

  1. Tania dijo:

    Hola caro: No te olvides de Catulo y del poeta venezolano que le escribía a la comida, disculpa, pero no puedo acordarme de su nombre. te extraño y quiero!

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